En Santiago todas las calles parecen avenidas, y todas las avenidas son como grandes carreteras. Me molestan los autos, pasan y se llevan consigo trocitos de mi alma, lejos, muy muy lejos se la llevan a pedazos. La llevan a la casita frente a la abarrotería de la señora Adriana, aquélla donde mi madre me mandaba a pedir fiado las cuatro marraquetas de la once. Es curioso, los años han pasado como un tren y en mi memoria la casita aún sigue igual que cuando tenía nueve años, aún mantiene su desgastado color rojo olvido, ese que se parece al que vemos cada vez que recordamos un atardecer, el rojo que se filtra entre las persianas de mi pieza mientras recuerdo a alguien, no sé a quién.
domingo, 23 de septiembre de 2007
Desde mi ventana
Publicadas por
Eleazar
a las
2:24 a. m.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario