domingo, 23 de septiembre de 2007

Desde mi ventana


En Santiago todas las calles parecen avenidas, y todas las avenidas son como grandes carreteras. Me molestan los autos, pasan y se llevan consigo trocitos de mi alma, lejos, muy muy lejos se la llevan a pedazos. La llevan a la casita frente a la abarrotería de la señora Adriana, aquélla donde mi madre me mandaba a pedir fiado las cuatro marraquetas de la once. Es curioso, los años han pasado como un tren y en mi memoria la casita aún sigue igual que cuando tenía nueve años, aún mantiene su desgastado color rojo olvido, ese que se parece al que vemos cada vez que recordamos un atardecer, el rojo que se filtra entre las persianas de mi pieza mientras recuerdo a alguien, no sé a quién.

¿Y a dónde se fue mi alma? Se quedó dentro de la casita a decorar de nostalgia el pasado. Creo que mi alma también es de color rojo olvido, de cierta forma mi alma atardece sin parecerse a nada, de cierta forma mi alma se filtra por la persiana de mi vida buscando a alguien que la recuerde, no sé a quién.

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