Y me miré las manos,
estas manos que no siegan el trigo madurado en febrero,
y comprendí que todo era imposible,
que soy un forastero.
Tus campos me rechazan,
me maldice la lumbre juvenil de tus esteros.
Tus hermanos me miran rencorosos
porque soy un forastero.
Ellos quieren hogar para que vivas
y tierras que aseguren tu sustento.
Y yo planté mis huertos en la luna,
y yo sembré mis trigos en el cielo.
Hora de luz lo que viví a tu lado,
hora de plenitud bajo tu alero.
Mediero de tus penas que en las tardes
de tu campo de estrellas fui aparcero.
Y hoy me miro las manos
y en el hombro sólo llevo el avío de mis versos.
Mi caballo me aguarda en el camino
que se va por la tierra atando pueblos.
Yo te digo al marcharme que no tengo
ni la tierra que cubro con mi cuerpo,
pero esta noche me hallaré en las manos
el aroma de tierra de tus pechos.

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