viernes, 7 de diciembre de 2007

La vida tiene otros caminos.


Hasta ahora yo he hablado muy poco de mi madre y de mi hogar. Es posible que hasta el momento de quedarme solo frente a mí mismo, yo no hubiese reparado en los seres y las cosas que más cerca tenía y que, sin embargo, llevaba en mí como se lleva la sangre en las venas. Es posible también que no quisiera mezclar ese mundo caro a mi afecto al otro, tan dispar, en que se movían mis andanzas de niño. A menudo abjuramos de lo que nos es más amado para que nuestras relaciones con los otros resulten llanas y fáciles. El hombre se habitúa desde muy temprano a una especie de mimetismo con el ambiente; pero conserva, allá en el fondo, encarnizadamente, sus grandes afectos, sus cosas más inviolables. Hay seres a quienes se les va la vida en este juego de ocultamiento, y mueren sin haber visto nunca el rostro de su propia verdad. Sin embargo, basta a veces un incidente pueril para revelarles "el otro", del cual anduvieron siempre huyendo.
Unos lo consiguen demasiado tarde; otros demasiado pronto.
Y quién sabe si no sea éste el eje único de toda la existencia.

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