Amo las cosas que nunca tuve
con las otras que ya no tengo.
(Gabriela Mistral, Tala.)
con las otras que ya no tengo.
(Gabriela Mistral, Tala.)
En la plaza llevaba sentado poco más de media hora sin percatarse que una pequeña araña le trepaba por el brazo. En su regazo había un libro abierto que leía a pedazos, al comenzar cada párrafo se detenía para mirar hacia el fondo de la calle que daba justo en frente de él. Tenía frío, procuraba que sólo un brazo a la vez estuviese expuesto a la briza matutina que soplaba desde la costa, pero no era suficiente, el viento se colaba por su cuello y sus mangas. Al llegar al segundo párrafo de la página sesenta y ocho sintió el cosquilleo de la araña a la altura de su codo.
Desde muy pequeño sintió por los arácnidos una mezcla de asco y miedo, cada vez que encontraba una araña en el jardín sentía la necesidad de aplastarla. Una araña, era para él, una especie de titán, se dibujaba en su mente como un astuto monstruo destructor de la vida, el cual, para no despertar sospechas, eligió nacer diminuto. Pero a él no lo engañaban, en las arañas sólo existía fatalidad.
Sacudió su brazo y la araña cayó suavemente, deslizándose por una hebra de seda hasta alcanzar el suelo, una vez allí él la pisó y el sonido de su pie contra el pavimento interrumpió la tranquilidad de la plazuela. En rededor, miró temeroso, creyendo haber llamado la atención de alguien, pero sólo encontró desolación. Recordó difuso su última visita a ese lugar, había algo en él, el aroma y la quietud de esa mañana tal vez, algo que le recordaba cálida e intensamente sus días de escolar en el norte, o quizás antes.
Su memoria se había vuelto frágil, sus propios recuerdos la desmembraban. Como le ocurrió a la pequeña almohadilla de su madre, atravesada día tras día por cientos de alfileres cuando ella comenzaba sus trabajos de costura. E incluso éste era un recuerdo vago.
A pesar de todas las oportunidades en las que deseó volver a este lugar, ahora al estar allí sentía más bien angustia. Un olor a tostadas flotó hasta él, creyendo con ilusión que era ella quién desayunaba, 'falta poco', se dijo, y miró la hora, primero en su celular, luego en el reloj de pulsera. Le irritó constatar que estaban desfazados en dos minutos, como si viviera en dos tiempos distintos a la vez. O en ninguno de ellos, en el vacío existente entre ambos. Entre el tiempo que lo remonta nostálgico a las pequeñas alegrías idas, y el que lo impulsa esperanzado hacia un futuro distinto.
Poco después ella llegó.
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